sábado, 26 de septiembre de 2026

La mirada transforma la experiencia

 Para poder hablar de un tema, tienes que haberlo experimentado.

No puedes hablar de la pérdida de un hijo o una hija sin haberlo vivido en tus entrañas.

No puedes hablar de adicción sin haber habitado esta enfermedad.

No puedes hablar de dolor, sin haber vivido alguna experiencia traumática donde lo hayas atravesado.

Y no. No puedes hablar de nada en realidad porque encima cada uno lo experimenta a su manera y ninguna experiencia es igual a otra. Se pueden asemejar, pero son distintas. Siempre.

No creo que todos los profesionales que acompañan procesos emocionales puedan abarcar todas las áreas. Necesitamos especializarnos. Necesitamos encontrar el ámbito adecuado donde cada uno acompañe, no solo desde estudios académicos, sino desde ese conocimiento adquirido a través de tu propia experiencia. Ahí habita la verdadera sabiduría sobre un tema: haberlo vivido, experimentado y transitado.

Estoy cansada de terapeutas, psicólogos o psiquiatras que no son las personas adecuadas para acompañar a ese determinado ser en su propia experiencia. No. No sabemos de todo ni estamos preparados para acompañar cualquier experiencia.

Estudiar el dolor no te permite entender cualquier dolor. Hemos universalizado el conocimiento profesional, cuando en realidad hay conocimientos que ninguna formación puede proporcionar desde fuera.

De la misma manera, haberlo vivido no es suficiente. Por supuesto. Pero sí puede que sea una forma de conocimiento que no debería despreciarse. 

El ser humano no se puede reducir a un conjunto de síntomas, conductas o experiencias clasificables. El ser humano abarca mucho más de lo que se puede observar y medir. No pueden usarse fórmulas que pretenden servir a todo el mundo. No. No está funcionando y el resultado está en la cotidianeidad de todas esas personas que después de múltiples herramientas usadas una y otra vez, no avanzan y siguen enquistadas en el mismo lugar.

Y entonces buscan otra técnica, otro profesional, otra terapia, otra explicación…como si el problema estuviera siempre en encontrar la herramienta correcta y no pudiéramos plantearnos que quizá estamos mirando desde el lugar equivocado.

Porque cuando una persona lleva años intentando comprender lo que le sucede, pasando por diferentes profesionales, aprendiendo diferentes técnicas y utilizando diferentes herramientas y sigue sintiéndose atrapada en el mismo lugar, quizá deberíamos dejar de preguntarnos qué herramienta le falta y empezar a preguntarnos si realmente estamos comprendiendo aquello que está viviendo.

Quizá no necesita otra técnica. Quizá necesita a alguien que pueda encontrarse con ella en ese lugar. Alguien que no tenga prisa por clasificarla. Alguien que no necesite convertir inmediatamente su experiencia en un diagnóstico, en un patrón, en una herida, en un trauma o en cualquier otra categoría que nos permita sentir que hemos comprendido algo.

Ponerle un nombre a una experiencia no significa haberla comprendido. Y explicar por qué ocurre algo tampoco significa saber cómo se siente vivirlo. Podemos conocer perfectamente la teoría de la pérdida y no saber lo que significa despertarse una mañana y recordar que tu hijo ya no está. Podemos conocer todos los mecanismos de una adicción y no saber lo que significa sentir que una parte de ti necesita aquello que otra parte de ti desea abandonar. Podemos estudiar el trauma durante años y no saber lo que significa vivir dentro de un cuerpo que todavía reacciona ante algo que la mente considera pasado.

Podemos saber muchísimo. Y aun así no saber.

Y quizá ese sea uno de los grandes problemas de nuestra época: hemos confundido acumular conocimiento con comprender y explicar con tener respuestas o con tener sabiduría. Hemos convertido el sufrimiento humano en algo que creemos poder ordenar, clasificar y resolver siguiendo determinados pasos.

Pero el ser humano no funciona así. Hay algo en nosotros que no puede medirse desde fuera. Algo que no puede reducirse a una conducta observable, y por eso estudiando Psicología soy testigo de que la ciencia no llegará a abarcar la conducta humana tal y como pretende hacerlo. Y puede que desde ahí, tantas personas sientan que los psicólogos no son los adecuados para su acompañamiento, porque solo enfocan lo científicamente aceptado, mientras que la experiencia humana va mucho más allá de lo que a día de hoy acepta la ciencia tradicional.

Y quizá por eso acompañar a otro ser humano exige algo mucho más incómodo que conocer muchas técnicas. Exige presencia, escucha, experiencia, humildad y, sobre todo, saber cuándo uno no es la persona adecuada.

Ese pequeño gran detalle debería formar parte de nuestra ética profesional como acto de respeto, y saber decir: “No puedo acompañarte aquí”. Acompañar bien a alguien no siempre significa saber qué hacer con él, sino saber que no eres tú quien debe hacerlo, y saber encontrar a la persona que sí pueda caminar con él por ese lugar porque quizá conozca ese territorio porque lo haya habitado y sea capaz de reconocer algo que no aparece en ningún libro. Y eso, para mí, cambia completamente la manera de entender lo que significa acompañar.

¿Y si la clave de todo es nuestra forma de mirar lo que sucede? ¿Y si la experiencia en sí es neutra y somos nosotros los que le hemos otorgado esa carga emocional tan potente de la que no podemos salir?

No quiero decir con esto que todo lo que nos sucede sea indiferente, ni que el dolor no exista. Hay experiencias que duelen, nos atraviesan y dejan una huella profunda. Por supuesto. Pero una cosa es lo que sucede y otra la carga que aquello adquiere dentro de nosotros. No vivimos únicamente los acontecimientos, sino también la interpretación que hacemos de ellos. Les otorgamos un significado, un valor, una importancia, y terminamos convirtiéndolos en parte de nuestra identidad.

Puede que la diferencia esté ahí, en que el acontecimiento ocurre, pero después construimos una experiencia alrededor de ese acontecimiento. Y esa experiencia puede permanecer mucho después de que aquello haya terminado, porque seguimos viviendo hoy algo que ocurrió hace veinte años. No porque el acontecimiento siga sucediendo, sino porque su significado, su carga y nuestra manera de relacionarnos con él continúan presentes, y de ahí que dos personas que atraviesen una situación semejante, puedan salir de ella con experiencias completamente diferentes. No porque una haya sufrido y la otra no, sino porque cada una la ha vivido desde su propia historia, con su propio cuerpo, sus propios recursos, creencias y desde el significado que le otorgó. Por eso puede que el trabajo no consista siempre en modificar aquello que sucedió, porque eso ya sucedió, sino que el camino sea observar qué hemos construido alrededor de ello, qué significado le hemos dado y qué lugar ocupa.

No podemos cambiar el capítulo que ya está escrito, pero sí podemos cambiar la relación que tenemos con ese capítulo. Ahí puede que esté la clave de todo, no porque aquello que ocurrió deje de haber ocurrido, sino porque deja de tener el mismo significado y peso emocional que tuvo en un determinado momento de nuestra vida.

Por eso digo que la experiencia es neutra. No porque lo vivido no importe, sino porque el valor que adquiere dentro de nosotros no está únicamente en el acontecimiento en sí, sino también en la mirada desde la que lo vivimos.

Y esa mirada puede cambiar encontrando a alguien que sea la herramienta adecuada para acompañarte hacia esa transformación interior que será el engranaje para poder observar lo que sucede o sucedió desde otra mirada totalmente distinta a la habitual.

Sigamos…