Seguramente esté totalmente equivocada. O no. No lo sé. Solo vengo a expresarme a través de la palabra escrita porque es mi gran medicina, y me ayuda a ordenar e integrar lo que se me mueve por dentro.
Me ha nacido este escrito después de ver un vídeo en YouTube sobre una pareja más de esas que con un bebé se van vivir a una masía en medio de la nada para convertirse en autosuficientes. Detrás, mayoritariamente, hay familias sin carencias económicas, porque cuando es así se desprende por naturaleza, y lo sabéis igual que yo. Ese dato es importante dejarlo anotado.
Ahora está de moda querer salir de la ciudad e irse a vivir al campo o a pueblos perdidos. Cientos de parejas creando vidas en masías aisladas, creando casas mal llamadas autosuficientes con huertos, gallinas e incluso cabras algunos. Y otros tantos creando contenido a través de la mal llamada autosuficiencia o autoabastecimiento.
Vidas creadas desde una imagen idealizada por el cerebro y elegidas con bebés o hijos en plena infancia obviando que esa vida posiblemente no será la que su hijo o hija con 15 años quiera seguir teniendo, o incluso vosotros dentro de unos años no querréis seguir dedicando la vida a mantener ese sistema, porque no es una simple vida, es una forma de vivir. Y aunque parezca lo mismo no lo es. Estáis tomando una decisión estructural enorme basándoos en una fotografía de la vida, sin tener ni idea de lo que realmente conlleva esa vida porque mayoritariamente quienes están creando estas vidas son parejas criadas en ciudades que no han vivido ni siquiera los veranos en pueblos para saber la vida que llevaban en el campo los ancestros. Vidas sacrificadas a mantener esa estructura de vida de la que los hijos huyeron, todos. Y eso que no sabían lo que había en otros lugares, porque no tenían internet para idealizar vidas ajenas.
Mis abuelos tenían huerto, gallinas (e incluso tuvieron burro y cabras). Mi abuela confeccionaba la ropa en casa, porque comprarla en una tienda física no formaba parte de sus posibilidades. Vivieron la época del trueque, esa que cuando una cosecha se echaba a perder la carencia hacia acto de presencia y los huevos pasados por agua rellenaban barrigas hambrientas. Vivían rodeados de naturaleza y conectados a los ciclos estacionales. Sabían más del campo de lo que nosotros llegaremos a través de un libro, un curso o un vídeo, y encima creían que no sabían nada porque no habían estudiado. Ahora los que hemos estudiado creemos saber algo de la vida de campo sin tener experiencia ninguna. Somos como los terapeutas actuales que haciendo un curso de unas horas o meses ya nos creemos capacitados para acompañar procesos ajenos. Ignorantes, eso es lo que somos. Una generación cargada de información y convencida de que saber sobre algo equivale a haberlo vivido.
Mis abuelos vivieron esa vida que idealizáis, pero con una realidad que tenían presente y ahora os creéis capaces de cambiar: el autoabastecimiento no existe. Puedes adquirir más autonomía, pero nunca te vas a desconectar del sistema. Deja de engañarte. Mis abuelos no conocían nada más. Su alrededor vivía igual. No podían compararse. Para ellos irse una semana de vacaciones no existía en sus planes, era inviable dejar de atender su explotación doméstica, porque no era una casa que se pudiese cerrar para irse a ningún sitio, era un hogar con la necesidad de atención y presencia diaria, y para siempre. Las gallinas no entienden de puentes de diciembre.
Hay otra gran diferencia. Mis abuelos no vivían una utopía, vivían su realidad. La única que podían tener. No conocían otra cosa. Ahora a través de un hartazgo de la ciudad y las vidas que ha creado esta sociedad, los adultos, huyen al campo o a los pueblos, pero con una pequeña diferencia: vuestros hijos e hijas a través e internet van a ser testigos de otras vidas, y no van a querer la que les ofrecisteis siendo niños en plena naturaleza pero aislados a nivel social. Mis abuelos no comparaban su vida con otras mil vidas posibles. Vosotros sí. Y eso cambia completamente las reglas.
El niño o niña que creció en una aldea en 1955 no veía a través de una pantalla como vivían otros niños en otros lugares. Los del 2026 sí. Porque esa tecnología que intentáis evitar en vuestra cotidianidad es justo la ventana que conectará a vuestros hijos con aquello de lo que intentáis huir vosotros, no ellos.
No.
No confundáis recuperar algunas cosas valiosas de aquella vida rural con recuperar una forma de vida que exigía unas condiciones materiales, sociales y vitales que ya no existen. Y, sobre todo, no toméis decisiones permanentes con bebés o hijos antes de la adolescencia basándoos en las necesidades de la infancia. La vida es puro movimiento y transformación constante.
La vida es impermanente. Los cambios constantes. La memoria conserva la belleza, pero se olvida de la logística. Y hoy en día la logística es parte esencial de la cotidianidad porque nuestro horizonte ya no es el que tenían en aquella vida rural que añoráis sin haberla experimentado.
Sigamos…