lunes, 2 de noviembre de 2026

¿Y si el mundo fuese una gran red neuronal?

 Llevo tiempo dándole vueltas a una idea que me parece fascinante. Esto de estudiar Psicobiología está despertando en mí algo que no sé muy bien qué es, todavía. Y me da igual. Solo lo estoy experimentando y ya es suficiente.

¿Y si el mundo fuera una inmensa red neuronal y todos formásemos parte de ella? ¿Y si cada uno de nosotros fuera una neurona, con nuestra propia luz, nuestra propia energía y nuestro propio recorrido pero conectados con hilos que se van cruzando?

Si te paras a pensarlo...¿cuántas cosas tienen que suceder para que dos personas se encuentren? ¿Cuántas decisiones, casualidades, lugares y momentos tienen que coincidir para que algo se encienda? Y no hablo solo de personas, hablo de todo. De los lugares a los que llegamos, de las experiencias que vivimos, de los acontecimientos que nos cambian, de la naturaleza, de aquello que aparece en nuestra vida sin que lo estuviésemos buscando...Es como si todo formara parte de un entramado enorme que no alcanzamos a ver en su totalidad y por no verlo en lugar de confiar, desconfiamos y nos inunda el miedo.

Hay conexiones que se encienden y empiezan a generar recorridos; otras se apagan; algunas duran un instante y otras permanecen durante años. Y cuando una conexión termina, el mundo no se detiene. Los hilos siguen cruzándose, aparecen nuevas conexiones y nacen nuevas posibilidades. Siempre. 

Y hay otra cosa que me hace pensar en todo esto. Si cada uno de nosotros fuéramos una neurona dentro de esa inmensa red, ¿somos realmente conscientes del valor que tenemos y de las conexiones que podemos llegar a generar? Una neurona no conoce la dimensión del organismo al que pertenece, ni puede saber de antemano qué recorrido tendrá cada una de sus conexiones o qué procesos contribuirá a hacer posibles. En nuestro cerebro existen redes especializadas en funciones muy distintas, pero ninguna trabaja completamente aislada. Cada una participa, desde su propia actividad, en un funcionamiento mucho más amplio. Y quizá con nosotros suceda algo parecido. No sabemos qué alcance puede tener nuestra presencia en la vida de otros, qué conexiones podemos activar ni hasta dónde puede llegar algo que comienza con un encuentro aparentemente insignificante. Quizá no se trata de ser más importantes que otros, sino de comprender que todos formamos parte de algo en lo que cada elemento tiene su lugar y su aportación, aunque no siempre alcancemos a conocerla.

¿Y si la clave está en dejar de empeñarnos tanto en intentar comprenderlo todo?

Nos pasamos la vida intentando controlar lo que sucede, anticipando lo que vendrá, clasificando las experiencias en buenas y malas, e incluso intentando que las cosas se queden o salgan como nosotros queremos. Y observo que se nos olvida algo que quizá sea la llave de nuestra paz: hemos venido a experimentar. Nada más. No sabemos qué hay detrás de cada hilo, ni hacia dónde nos llevará, ni tampoco necesitamos saberlo todo en realidad. No es una necesidad auténtica, sino una necesidad que hemos ido construyendo, la de controlar, saber y entender. Nuestra mente busca constantemente patrones, establece relaciones de causa y efecto e intenta predecir lo que sucederá. Es una capacidad maravillosa que nos permite desenvolvernos en el mundo, pero quizá también nos dificulta aceptar que hay una parte de la experiencia que no podemos anticipar ni comprender. Y es que nuestro cerebro no está diseñado para conocerlo todo, sino para interpretar la información, construir modelos de la realidad y adaptarse a ella. Quizá la paz también consista en aprender a convivir con aquello que no sabemos.

Estoy escribiendo y vibrando por dentro. Mis conexiones sinápticas están a tope y no os puedo hacer sentir esta experiencia porque es mía y no se transmite, de momento. Pero sabéis la sensación que estoy experimentando porque la hemos sentido todos alguna vez, seguro. 

Me gusta pensar que formamos parte de algo muchísimo más grande que nosotros mismos, que no somos elementos aislados, sino pequeñas partes de una red en constante movimiento, donde cada conexión abre una posibilidad y la vida está llena de ellas. Por eso soy una defensora férrea de la idea de que el motor de nuestra vida debe ser el entusiasmo por lo que está por suceder, como en la mirada de la infancia donde el entusiasmo es el gran motor de su verdadero aprendizaje. 

No necesitamos tener todas las respuestas, ni dar por hecho cómo tienen que terminar las cosas. Solo necesitamos vivir y dejar que el entramado se despliegue. En el misterio está la belleza. Quizá no hemos venido a conservar todos los hilos, ni a comprender toda la red. Quizá hemos venido a experimentar la inmensidad de formar parte de ella.